Ponencia preparada por Alejandro Zenker
para el Instituto de Traducción de Literatura Coreana (KLTI)
Corea, Junio 2007
El año pasado, durante la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, llegó al stand de la editorial que dirijo, Ediciones del Ermitaño, Ko Young-il para hablar conmigo sobre la posibilidad de publicar algunas obras de literatura coreana, propuesta que llamó mucho mi atención. Mi sorpresa fue en aumento cuando me enteré de que en Corea existe un instituto para la traducción literaria. ¿Por qué? Ahora les explicaré mi interés personal.
Entre otras cosas, estudié traducción en una prestigiosa institución de educación superior llamada El Colegio de México a finales de los años setenta. Al terminar mis estudios, propuse crear una asociación de traductores, ya que no existía ninguna en México. La fundamos entre varios e iniciamos una larga lucha por el reconocimiento del traductor como profesional. Nos incorporamos a la Federación Internacional de Traductores, en la que ocupé varios puestos que me permitieron adquirir una visión cada vez más amplia de la situación que guardaban la traducción y los traductores en el ámbito mundial. Promoví, entonces, un acuerdo trilateral entre las asociaciones de México, Estados Unidos y Canadá que nos llevó a crear un Centro Regional en el marco de la Federación Internacional de Traductores. Poco después me nombraron director general del Instituto Superior de Intérpretes y Traductores. En aquel entonces, en México se impartía la traducción tan sólo como un diplomado con carácter de posgrado y a nivel técnico, de suerte que decidí recorrer el largo camino académico y burocrático que nos llevaría, finalmente, a elevar el nivel de los estudios al grado de licenciatura.
Elevar el nivel académico era tan sólo uno de los pasos necesarios. Faltaba hacer una labor de difusión y concientización académica, social y cultural para que se reconociera que la traducción debía ser llevada a cabo por profesionales, y que estos debían emerger de instituciones académicas. Decidí entonces impulsar coloquios internacionales sobre la traducción literaria, así como la creación de reconocimientos a los traductores literarios, actividades que nos permitían acceder a los medios de difusión, radio, televisión y prensa, y hablar de nuestro quehacer profesional.
A casi 30 años del establecimiento de esa asociación, las condiciones que prevalecen en México en el terreno de la traducción son radicalmente distintas. Ya tenemos licenciaturas y maestrías en traducción en varias universidades, y la labor del traductor profesional es cada vez más reconocida.
¿Por qué explico todo esto? Porque cuando Ko Young-il me propuso publicar literatura coreana en español, lo primero que me pregunté fue: ¿quién la va a traducir? ¿Y cómo la vamos a producir?
Hace más de 20 años que me fui retirando de la traducción para dedicarme cada vez más a la edición, al frente de mi propia editorial, que ya tiene más de 22 años de existencia y que se ha especializado en la edición de libros de literatura, es decir, poesía, novela, cuento, teatro, etc.
Siempre tuve el proyecto de publicar traducciones literarias, pero aquella profesionalización por la que luché desde la trinchera del traductor, aunada a una mejor remuneración, se volvió en mi contra como editor. Traducir es caro. Por lo tanto, la traducción de literatura de autores desconocidos o poco conocidos se convierte en una aventura editorial terriblemente riesgosa. Sobre todo porque el costo de la traducción, sumado al costo de producción y al pago de derechos de autor, se divide finalmente entre un número reducido de ejemplares, porque los tirajes no pueden ser grandes. Por fortuna, cada vez más países reconocen la importancia de dar a conocer su literatura y han aprendido que, para hacerlo, tienen que apoyar precisamente el proceso inicial: la traducción, y en ocasiones también la producción misma, a fin de hacer viable la publicación y, por lo tanto, la difusión de las obras.
La labor del editor de literatura —y más la de un editor independiente que apuesta a lo nuevo, a lo desconocido— es realmente difícil. Si la publicación de literatura de escritores nacionales significa un reto financiero en el que el retorno del capital invertido es, en muchos casos, poco probable, la publicación de literatura traducida se convierte en una labor poco menos que imposible si el mismo editor es quien tiene que afrontar los costos de la traducción.
Este problema no sólo perjudica a México, sino a gran parte del mundo. La situación que describí afecta, en particular, a las editoriales independientes de pequeñas o medianas proporciones. Las grandes editoriales viven una realidad distinta. Apuestan a los grandes tirajes y a campañas mediáticas y mercadotécnicas para llamar la atención del pequeño universo de lectores. Un universo millonario y de millones, pero proporcionalmente muy pequeño en relación con la población mundial total. La editorial independiente, por el contrario, no puede sino apostar a tirajes medianos, pequeños o cortos, y a una labor hormiga en busca de puntos de venta y de lectores-compradores.
El año pasado participé en un encuentro internacional de editores independientes realizado en México, cuyo tema giraba en torno a la bibliodiversidad. Los participantes, provenientes de Asia, África, Europa y América Latina, retrataron —todos— un escenario similar. Un mercado acuñado de acuerdo con los intereses de las grandes corporaciones editoriales, leyes poco favorables a la creación de librerías y otros puntos de venta, pocos o nulos incentivos para la promoción de la lectura.
En el mundo se ha impuesto la “bestsellerización”, es decir, la publicación casi exclusiva de obras que tienen ganada, hasta cierto punto, la batalla de las ventas, al grado de hacer rentable su edición. Muchas, muchísimas obras, quedan fuera de esa lógica. En México, por ejemplo, escritores ya clásicos y muy reconocidos están enfrentando una situación insólita: las editoriales les están cancelando los contratos debido a que sus obras ya no venden lo suficiente para justificar una reedición. Pareciera que estamos corriendo el riesgo de perder la memoria histórica de la literatura universal en aras de los intereses económicos de quienes dirigen el gran mercado editorial mundial.
Se habla ya de los demasiados libros, es decir, aparentemente se producen más libros de los que los lectores dispuestos a comprarlos pueden leer. En España, por ejemplo, los grandes conglomerados han estado hablando incluso de la necesidad de una “autorregulación” del mercado, es decir, que ante la sobreoferta habría que reducir la cantidad de obras publicadas.
Por otra parte, aflora cada vez con mayor fuerza la conciencia de que es imprescindible impulsar políticas de fomento de la lectura. Caeríamos en el engaño si supusiéramos que detrás de eso hay un genuino interés por elevar el nivel cultural de la población, cuando en muchos casos hay un perverso contubernio entre una industria editorial voraz y gobiernos burocráticos e ignorantes para los que el libro no difiere en valor de un clavo, un tornillo o un zapato. La industria, la GRAN industria, requiere más lectores o, mejor dicho, más consumidores, más compradores. Por eso todo sigue enfocado al tema de los best seller, es decir, libros de gran impacto mediático, fácil venta y con un retorno de capital rápido.
Pero, ¿queremos un mundo en el que se publique tan sólo un número limitado de títulos, de obras que apelen al interés de un común denominador de lectores que justifiquen los razonamientos económicos de los grandes conglomerados de la industria editorial?
Yo creo que caer en esa lógica acarrea grandes peligros para la cultura universal. Por eso, cada vez hay más editoriales independientes que buscan nuevos caminos, que exploran otros paradigmas que logren romper ese círculo vicioso.
Desde hace muchos años, por ejemplo, la publicación de poesía ha venido decayendo. Este género quizá nunca vendió tanto como la novela, pero tenía su público. Nunca un público masivo como el que las editoriales grandes pretenden tener hoy. Así pues, la publicación de poesía ha ido quedando cada vez más relegada a las editoriales independientes.
Con este razonamiento vuelvo al inicio de esta ponencia: la publicación de la literatura coreana. Una cosa es colocar uno o varios títulos que respondan a criterios comerciales que garanticen su venta masiva, y otra muy distinta que se ponga a disposición de la comunidad de lectores un acervo amplio y representativo de la literatura coreana en español, por ejemplo. Creo que el éxito de una nueva propuesta literaria, como la difusión de la literatura coreana en México y América Latina, tendría que dejar de lado el principio del bestseller y concentrarse en el longseller, es decir, el libro o conjunto de libros que se van abriendo camino, que llegan a sus lectores naturales poco a poco, pero que también encuentran a sus nuevos lectores y que, por la vía de la recomendación, van ampliando su espectro de difusión. Claro, hay excepciones.
La literatura infantil coreana es de excepcional calidad y tiene gran futuro en los mercados mundiales por su naturaleza misma. Los niños, vivan donde vivan, tienen intereses, vivencias, quizá hasta cosmovisiones similares o, al menos, la capacidad de imaginar cualquier escenario, cualquier cosmos que se le proponga. No ocurre lo mismo con el adolescente, y menos con el adulto. Nos vamos volviendo perezosos, y las nuevas tecnologías, los medios, compiten cada vez más con el libro, aparentemente estático, con el que no se interactúa. No sé si sepan que una reciente investigación determinó que el mexicano lee, en promedio, 2.9 libros al año. Pero ésa es una gran exageración. En realidad, muchas personas mienten en las encuestas. Y la división matemática hace aparecer a los lectores voraces como ignorantes, y a los ignorantes como lectores. Lectores, lo que se dice lectores, hay pocos en México, pero también en América Latina, en África y en Asia. Y sin duda en Estados Unidos y en muchos países de Europa. En fin, la falta de hábitos de lectura es un mal mundial.
Partiendo de esa realidad he ido estructurando mi editorial. Ediciones del Ermitaño tiene una historia de más de 22 años. Los primeros diez intentamos competir en el mercado de la manera tradicional, con tirajes largos de 10 000 o más ejemplares. Sufrimos muchos descalabros y vimos que el universo de obras publicables siguiendo ese esquema era menor al de nuestras pretensiones. Finalmente, en 1995 decidí incorporar en México la producción basada en la impresión digital, con tirajes cortos, mejor conocida como impresión bajo demanda o Print On Demand (POD). Fuimos los pioneros y nos tocó llevar a cabo una larga y desesperante labor de “evangelización” para convencer a otros editores de que el esquema de producción y comercialización que proponíamos era viable. A partir de entonces, gran parte de la producción de nuestros libros se basó en ese principio: quiero longsellers, libros que estén permanentemente disponibles y que pueda producir de acuerdo con su propia lógica de desplazamiento. Porque en el terreno comercial, ningún libro es igual. Así, nuestro actual catálogo vivo, de más de 150 títulos, se desplaza de manera constante, y cada vez son más las editoriales que, convencidas de que los viejos paradigmas ya no son viables, están recurriendo a nuestros servicios, porque, dicho sea de paso, nos convertimos también en una empresa que brinda servicios integrales de producción editorial.
Creo que las grandes editoriales son inevitables, porque hay necesidades que hay que cubrir en el plano de los libros de amplia difusión y que requieren esos gigantescos aparatos de producción, administración y comercialización, pero dejar la cultura literaria en sus manos es poco más que un suicidio. Es imprescindible su contraparte.
Independientemente de que algunos títulos de literatura coreana sean publicados en esas grandes editoriales, creo que sería muy benéfico que se considerara la creación de una colección que abarque novela, cuento y poesía, y que esté permanentemente disponible con una visión de largo plazo. Creo también que la creación de una colección de esa naturaleza requiere de una labor sistemática en varios frentes:
1. La formación de traductores profesionales del coreano cuya lengua materna sea el español. 2. La conformación de un equipo de correctores editoriales que se especialicen en los problemas de la edición de traducciones del coreano. 3. La labor de difusión sistemática de la cultura coreana y de las virtudes de su literatura y su vinculación con las culturas de lengua hispana. 4. La presencia constante y sistemática de esa literatura en los principales foros, como ferias y coloquios, encuentros y conferencias sobre traducción.
Las editoriales independientes funcionamos muchas veces a manera de “trampolín”. Es decir, obras que publicamos en ediciones limitadas brincan en ocasiones a ediciones grandes, ya sea porque se pactan coediciones con instituciones gubernamentales, o porque editoriales grandes se interesan en una edición especial. Les doy un ejemplo: uno de mis autores es el escritor Gustavo Sainz. Sus obras han sido publicadas en cientos de miles de ejemplares y traducidas a numerosas lenguas. Se cuentan por cientos las tesis sobre su obra en todo el mundo. Sin embargo, la editorial que tenía contratada la publicación de gran parte de sus textos le rescindió el contrato de gran parte de sus libros porque las ventas ya no son las que ellos esperan. Así pues, establecimos un convenio para que yo publique sus obras completas, labor a la que estamos entregados. Esto no impide que él publique un libro en un tiraje grande, como ocurrió recientemente. Él decidió, independientemente de esos “golpes de suerte”, que desea contar con un editor que le garantice la perdurabilidad de toda su obra en el mercado.
Creo que hay mucho camino por andar. A la profesionalización del traductor también le debe seguir la profesionalización de una nueva generación de editores independientes. La tecnología avanza a pasos agigantados. Nosotros hemos optado, por ejemplo, por que todos nuestros títulos estén disponibles en Google para la realización de búsquedas, al igual que en Amazon, en formato PDF, para su previsualización antes de que el lector potencial realice el pedido, así como en las librerías virtuales nacionales.
¿Qué más hace falta para que un proyecto de publicación de literatura coreana sea exitoso? Una colaboración muy estrecha de las diversas partes, aunada a mucho entusiasmo, constancia, pasión y profesionalismo.
*azh, abril 2007
martes 30 de octubre de 2007
¡Que muera el libro, que viva la lectura! Conferencia de A. Zenker en Veracruz
El pasado 6 de octubre, Alejandro Zenker, director de Solar y de Ediciones del Ermitaño, dictó una conferencia en la Universidad Veracruzana titulada "¡Que muera el libro, que viva la lectura! ¿Extinción o transfiguración del lector?", en la que analizó el presente y el futuro del libro en virtud del avance de las nuevas tecnologías. Inició diciendo: "El tema que voy a abordar constituye sin lugar a dudas el más polémico de los que se tocan cuando se habla de la crisis de la industria editorial y de las transformaciones del libro y por tanto de su futuro y del de la lectura misma."
A nivel mundial hay cada vez más encuentros en los que desde distintos bastiones, desde diversas posiciones dentro de lo que es la industria o el quehacer editorial, los protagonistas discurren en torno al tema, mucha veces con posiciones fundamentalistas. De entrada hay que comprender que al hablar del libro y del lector tocamos un universo sumamente complejo, difícil de reducir a simples categorías. Pero suponiendo que lo podemos hacer, habría que destacar al menos la gran industria del libro, la de las transnacionales que impulsan como caballo de batalla el bestseller; luego las editoriales medianas, que en cuanto tienen un catálogo comercialmente interesante son absorbidas por las grandes; seguirían las pequeñas editoriales que trabajan bajo diversos esquemas, ya sea comerciales o culturales; y finalmente los proyectos no comerciales que encajan quizás más bien en el ámbito del quehacer editorial artístico y artesanal o de plano en las artes visuales.
En los últimos meses he tenido oportunidad de participar con sendas ponencias y participación en debates y mesas redondas en varias actividades que han fortalecido la visión que les expondré. Primero fui a EDITA, un encuentro de editores que se realiza en Punta Umbría, España, donde se dan cita los más extraños y extravagantes proyectos editoriales emanados de una comunidad inquieta, creativa y alejada del mundo de las grandes corporaciones. Luego, asistí a Corea, a la FIL de Seúl y a un encuentro internacional de editores y traductores de literatura coreana, donde intercambié opiniones con colegas de Rusia, Estados Unidos, Corea, Alemania y China, y donde pude conocer, entre otras muchas cosas, infinidad de proyectos en materia del libro artesanal, artístico, y finalmente viajé a Islas Canarias, España, de donde acabo de regresar, a participar en el V Encuentro de Editores y la IV Feria de la Edición donde la discusión sobre presente y futuro del libro fue vigorosa entre colegas de muchas latitudes del mundo de habla hispana. El caso es que las inquietudes que aquí abordaremos son universales. Con eso entro en materia.
Me gustaría iniciar con un ejercicio herético de imaginación. Concibamos, por un momento, que la humanidad ha evolucionado y encontrado formas diferentes de apropiarse de la información. Que, por tanto, el libro que conocemos y al que tanto cariño le tenemos, ha dejado de existir y ya no lo encontramos más que… en museos. Este panorama, que presagiaría el fin de mi ámbito profesional de trabajo, es decir, la edición de libros con soporte en papel, lo percibo inminente, donde el término “inminente” es igual a un periodo más o menos largo en función de la vida de un hombre, pero brevísimo en términos históricos absolutos. Me atrevo a exponerlo aquí, precisamente, porque no estoy ante un público de especialistas en busca de argumentos para justificar la perpetuidad de su especie, sino en un espacio de reflexión sobre el futuro del libro y la lectura.
Para entender la razón de este apocalíptico presagio de la desaparición de los dinosaurios de la lectura, que no pueden sino negar la inminencia de su extinción por un mero espíritu de supervivencia, hablaré, si me lo permiten, de algunas experiencias recientes, de algunas desapariciones de especies que dieron vida, durante una época, a los libros, y que, sin embargo, acabaron siendo prescindibles ante la macabra y a veces sádica lógica de la tecnología.
Yo acabo de cumplir 50 años de existencia. Si viviera en la Edad Media, sería un anciano; si mi tiempo fuera el del siglo XIX, quizás estaría entrando en la vejez, pero como afortunadamente vivo en el siglo XXI, estoy en la plenitud de la adultez. Para mi hija, que está en la adolescencia, soy un viejo ruco, aunque para Alí Chumacero, a sus ochentaitantos años, soy un chamaco. Comencé a trabajar a los 15 años, de manera que puedo decir que llevo 37 años de vida productiva, 28 de vida profesional y 22 de subsistir divirtiéndome en el afanoso mundo de la alquimia editorial, aunque debo confesar que llevo tanto tiempo viviendo del libro como años tengo, pues mi padre fue un encuadernador que vino refugiado a México huyendo de la persecución nazi. En fin, en estos 22 años, llamémosles “profesionales”, mis ojos han tenido oportunidad de ver la transición vertiginosa que la industria editorial ha vivido. Algunos, que fueron mis maestros, ya no pudieron seguir en el medio. No por la edad, sino porque ya no comprendieron los “nuevos tiempos” que los llevaron de la gloria al desempleo en un abrir y cerrar de ojos para la medición histórica del tiempo.
Cuando comencé a hacer libros profesionalmente, hace 20 años, incursioné con pasión en esa mezcla de ciencia y arte de la tipografía allegándome conocimientos y recursos como pude, porque en ese entonces no había lugar en el que uno pudiera formarse académicamente como tipógrafo. Tuve la fortuna de comenzar a trabajar con linotipos. Con mi padre había conocido el complejo arte de componer usando monotipos, que empleaba para dorar textos e imágenes en lomos y pastas de los libros. El linotipo coexistía con nuevas formas de composición tipográfica, como la composer, creada por IBM, y las primeras fotocomponedoras. Un par de años más adelante, sin embargo, surgieron los enemigos mortales de esas herramientas que se disputaban el mercado y el título de ser las más eficientes y profesionales: la computadora y la impresora láser. Cuando llegaron a México los primeros equipos destinados al mercado del diseño, me aventuré a invertir mis escasos ahorros en su adquisición. Mis amigos del medio no dejaron de criticarme, pues esos objetos, más que herramientas parecían juguetes. En buena medida tenían razón, pues estaban plagados de imperfecciones. Sin embargo, me entusiasmaba la idea de tener un centro de producción tan versátil como el que me prometía esa computadora dotada de un “poderoso” procesador 80286 y armada de PageMaker 1.0, una impresora Laserjet y un escáner (todo eso destinado hoy al museo de la chatarra). Al mismo tiempo, según recuerdo, un amigo adquirió una terminal para su equipo de fotocomposición. Se gastó alrededor de $120 000 pesos de aquél entonces. Lo que yo compré, completito, costó unos $36 000. El suyo era profesional; el mío, un “juguetito”. Unos años más tarde, pocos realmente, mi juguetito se había abierto el camino de la aceptación en el medio y había impuesto nuevos paradigmas en la producción con los que las otras tecnologías ya no podían competir. Lo curioso del asunto no es sólo eso, sino que mi amigo se tuvo que salir del mercado de la tipografía, porque no se entendió con las computadoras. Así recuerdo el inicio de una batalla campal que les abrió el paso a nuevos contendientes en el mercado de la tipografía y del diseño. El mundo dejó de ser lo que era. Comenzaron las transformaciones vertiginosas que han cambiado radicalmente el panorama en pocos años.
En los inicios del libro contemporáneo, un individuo concentraba todas las funciones que permitían convertir el texto en libro: elegía el texto, diseñaba, paraba la tipografía, imprimía, encuadernaba y vendía. Poco a poco, cada una de esas actividades se convirtió en una profesión relativamente independiente. Con la aparición de las tecnologías revolucionarias del siglo XX, específicamente la fotografía y el offset, vimos una transformación que habría parecido insuperable. En cada una de esas etapas surgieron necesidades que dieron lugar a oficios, a profesiones que, a su vez, desplazaron a otros oficios del escenario. Sin embargo, las transformaciones fueron relativamente lentas y permitieron que quienes aprendieron un oficio, murieran ejerciéndolo o migraran a otro similar. ¿En qué se diferencian hoy las cosas? En que la vida útil de quien ejerce una profesión es mayor que la vida útil de la profesión misma, y en que la migración de un oficio a otro no es nada fácil a cierta edad en esta era de alta tecnología. Así como los linotipistas dejaron de tener trabajo, también los fotolitos han tenido que abandonar la palestra y lo mismo está sucediéndole a los que basan su producción en el offset convencional.
Y ustedes se preguntarán: ¿qué tiene que ver todo esto con el libro y la lectura? Porque la lectura, como método de apropiación de conocimientos, pareciera haberse mantenido sin transformación a lo largo de los años. Ha cambiado la manera de hacer los libros, pero los libros que hoy tenemos en las manos siguen siendo en esencia idénticos a los que abrieron esta época. De allí que quienes viven del libro imaginen que las cosas seguirán igual. Es decir, cambiará la manera de hacerlos, más no su forma. ¿O…?
Lo más impopular es hablar de que el libro con soporte en papel está condenado a desaparecer. ¿Por qué esa resistencia? Por dos motivos. Primero, por interés de quienes viven del libro. Es una industria poderosísima que mueve miles de millones de dólares en el mundo. Segundo, por costumbre. El libro, como objeto, tiene todo para encariñarnos con él, si tuvimos la suerte de no toparnos con un profesor que pretendiera hacernos leer a la fuerza y convertir la lectura en tortura y hacer del libro un objeto despreciable.
Pero regresemos a lo básico. El libro es un continente. Su contenido, el texto, la obra de un autor —incluidas fotos, cuadros, gráficas, etc.—, pareciera fundirse con el objeto. Contenido y continente parecieran ser lo mismo. Pero no lo son. Si no distinguimos lo uno de lo otro, seremos incapaces de comprender la capacidad de transformación de lo esencial, que es precisamente el contenido, y por tanto su capacidad de adaptación a diversos continentes y de transformar la lectura misma. El enamorado del libro con soporte en papel aferra o asocia el contenido a lo que lo contiene, y no concibe que la lectura sea distinta y pueda incluso mejorar si cambiamos el objeto que la posibilita. Pensamos que el libro tal como lo tenemos es perfecto y que no hay manera de inventar algo mejor. Las objeciones se centran generalmente en las limitaciones que tienen hoy las nuevas tecnologías, pero la tecnología evoluciona, y lo ha hecho a una velocidad sorprendente. El libro mejoró (aunque hay quien opina que en realidad empeoró) con los siglos, y hoy está en su esplendor… y también en su decadencia. Así como la tecnología permitió la producción de millones de títulos a lo largo de la historia, de pronto ha posibilitado la bestellerización de la lectura y, con ello, el empobrecimiento cultural de la humanidad. Esto pareciera una contradicción: se produce más que nunca, pero se empobrece la cultura. Se producen, hoy, millones de ejemplares, pero de relativamente pocos títulos. En cambio, incontables obras, miles, quizá cientos de miles, no llegan a convertirse en libros y, por tanto, no tienen posibilidad de llegar al lector, o el lector no tiene posibilidad de llegar a ellas. Por eso decimos que la bestsellerización es el empobrecimiento de la cultura, y que las megaeditoriales no son sino los cimientos para un mundo sin lectores. Pero maticemos el asunto: no se trata propiamente de que se lea menos que antes. Las estadísticas nos muestran que la cantidad de títulos publicados y la cantidad de ejemplares impresos han ido en aumento. Se trata, más bien, de que en un mundo donde la población crece vertiginosamente, donde cada vez se crea más, los textos que surgen no se convierten todos en libros y los libros no llegan a todos los que deberían llegar. Pero ojo: aún si quisiéramos, hay imposibilidades técnicas para lograrlo. El libro con soporte en papel lo impide.
Hay otras razones que hacen evidente que el libro con soporte en papel ha llegado a sus límites, y éstos los encontramos en toda la cadena. Producir un libro es caro. El 95% de la producción del papel se basa hoy en día en la celulosa de madera. Es decir, no es un producto que vaya con la idea de la preservación de la ecología. Por otro lado, el libro ocupa mucho espacio y es caro transportarlo. El que ocupe espacio físico limita la bibliodiversidad, es decir, la coexistencia de muchos títulos, porque no hay dónde exhibirlos. Si imagináramos una librería en la que estuvieran todos, realmente todos los libros del catálogo vivo de todas las editoriales, ocuparía varias cuadras. Tendría que ser una espacio mayor que el que ocupa la FIL de Guadalajara, mayor que el que ocupa la FIL de Frankfurt, mayor que esa megaestupidez foxista de la Biblioteca Vasconcelos, cerrada a los pocos meses de funcionamiento tras una inversión multimillonaria. E imaginemos pretender crear un espacio de esa magnitud al que tengan acceso todas las comunidades de un país. Es decir, necesitaríamos una FIL permanente al menos en cada estado de la República, y aún así serían insuficientes. Es decir, las dimensiones físicas del libro han conducido al empobrecimiento relativo de la oferta (en función de los títulos existentes), porque el espacio en las librerías, que finalmente constituyen un negocio, cuesta, y no hay lectores suficientes que agoten los tirajes de una industria cada vez más voraz.
Esa falta de lectores ha hecho que algunas editoriales planteen la necesidad de que la industria se “autorregule”, es decir, que produzca menos títulos, y hablan con singular alegría de los “demasiados libros”. Por supuesto que, considerando la capacidad de lo que un individuo puede leer en su vida, hay demasiados títulos si pretendiéramos que todos leyéramos todos los títulos existentes. Pero para el caso, ya hace siglos había demasiados libros, es decir, más de los que un individuo podía leer en su vida. Para el caso quizás habría que proponer que la humanidad deje de crear para que no incremente ese acervo inmasticable. El planteamiento es por supuesto absurdo. Por fortuna la humanidad sigue produciendo, sigue explorando e innovando. Por tanto, es inevitable que haya cada vez más textos. La globalización, la apertura de fronteras y mercados, contribuye a eso. Esa proliferación de textos y el derecho que todos tenemos a abrirnos paso a nuestro modo en el mundo de la lectura, es lo que llamamos bibliodiversidad.
La pregunta ante esto es: ¿qué hacer? Si nos aferramos al libro con soporte en papel, hay pocas esperanzas de lograr la bibliodiversidad y de revolucionar la lectura, pero si dejamos de lado el objeto y pensamos cómo hacerle llegar lo esencial, los contenidos, a los lectores potenciales, que es a fin de cuentas lo que importa, se nos abren expectativas nada desdeñables gracias a las posibilidades que encierran las nuevas tecnologías. Y aquí entramos en materia.
En muchas discusiones en las que he participado se habla de la dicotomía libro-soporte en papel vs. libro electrónico, como si se tratara de un partido de futbol: ¿quién ganará, el libro en papel o el libro electrónico? Pero no se trata de un partido, sino de una imparable evolución en la que imperará el soporte que demuestre ser:
a) práctico b) versátilc) económicod) amigable
e) adaptable
Tomemos por ejemplo la industria disquera.
Desde hace años he sostenido que la predilección por el soporte en papel no es más que resultado de un binomio:
a) la tecnología (el nivel de desarrollo que ha alcanzado)b) la costumbre o el factor generacional (quiénes constituyen el perfil de los lectores)
Cambiemos “lectores” por “melómanos” o simples escuchas de diversos géneros de música. Años atrás, yo identificaba tanto la música clásica, como la de mi generación, es decir, la de los Rolling Stones, The Who, Black Sabbath, Deep Purple, etc., con el objeto, es decir, los discos LP. Aún guardo esos discos con nostalgia, aunque ya no tengo dónde tocarlos. Me costó trabajo la transición de un objeto contenedor de música, a otro, al CD, pero lo realicé finalmente. Hoy, la música transita del CD al formato MP3, desprovisto de un continente específico, y a otros formatos en desarrollo, y lo que está en boga es la adquisición de música a través de portales, como iTunes, de Apple, y la búsqueda y compra de una canción en particular, y no de un álbum completo (porque antes nos obligaban a comprar un disco completo aunque sólo deseáramos escuchar una pieza). Eso está cambiando. Por otro lado, ya no se escucha la música sólo a través de un sistema tradicional de reproducción.
Aquí hago un paréntesis: hasta hace poco, no concebía escuchar música más que a través de un equipo de sonido provisto de bocinas. Sin embargo, con el surgimiento de los Walkman primero, y de la iPod después, la manera de escuchar la música ha ido cambiando. Ha habido una transfiguración del escucha. Si nos adentráramos en esa metamofosis vertiginosa, nos encontraríamos con infinidad de aspectos que modificaron sustancialmente la manera de escuchar no sólo música, sino también la voz a través de los audiolibros. El cambio cuantitativo y cualitativo es impresionante. En suma, el LP valió queso, y el CD en ésas anda. La música, convertida a valores binarios, comienza a perder un contenedor reconocible. Ya no hay objeto que la identifique, sino gran variedad de reproductores de contenido. Además, el que escucha puede asumir una parte relativamente activa, pues determina el orden de las canciones e incluso puede editar las transiciones. Y eso va a pasar con el texto, también convertido a valores binarios. Esto nos debe remitir a fenómenos similares en el ámbito de la lectura.Por ejemplo, muchos no quieren comprar un libro completo, sino sólo un capítulo (que es como comprar sólo una pieza de un álbum de un disco). Las universidades constituyen un espacio más que ejemplar de esto: la piratería que practican los estudiantes con ciertos capítulos de libros vía fotocopia, para no comprar los libros completos, es abrumadora. ¿No sería más razonable, por tanto, ofrecer la posibilidad de adquirir la producción editorial por partes, al igual que ya se ofrece el contendido de los álbumes discográficos?
Pasemos a otro razonamiento. Una de las objeciones planteadas a la sustitución del libro por las nuevas tecnologías ha sido su costo. Es decir, ¿qué poblador de la sierra de Guerrero, de los Altos de Chiapas o de las islas Fiji estará en condiciones de comprarse una computadora con conexión a Internet para leer en ella libros? Y si se la pudieran comprar, ¿querrá leer en ella? Quizás hoy no, pero mañana probablemente sí. Recordemos el camino que transitó la TV. En un principio fue cosa de adinerados. Hoy la encontramos en los lugares más recónditos de la República. La tecnología se abarata. Años atrás diversos gobiernos, en alianza con Microsoft e Intel, anunciaron un programa para la producción de computadoras con un costo no superior a los 100 dólares. Por otro lado, la conexión alámbrica e inalámbrica a Internet se extiende más veloz de lo que uno hubiera imaginado. El uso de los teléfonos celulares ha crecido a una velocidad sorprendente. El acceso a Internet a través de celulares comienza a ser de existente y de costo sustentable a algo cada vez más común. Las nuevas computadoras salen ya con conexión inalámbrica a Internet (WiFi). Pero no sólo eso. Hace unos meses salió al mercado el iPhone de Apple que nos hizo presagiar el siguiente paso: la nueva iPod con conexión inalámbrica a Internet. Esa iPod ya nos permite intuir hacia dónde se dirige la industria. En breve, Amazon sacará al mercado un dispositivo de lectura basado en el eInk. Se trata de un aparato similar a la nueva iPod, con monitor en blanco y negro, cuya opacidad se acerca o iguala la del papel y que estará conectado inalámbricamente a una gigantesca base de datos de libros electrónicos, permitirá navegar por internet e incluso consultar periódicos en línea. Sigue sin igualar al libro, que no requiere pilas ni conexión a Internet. Pero ya ofrece ventajas por encima del libro común. Y apenas es el inicio. Quizás seguirá siendo más cómodo leer el libro con soporte papel por un rato. Pero para un estudiante, las ventajas de estos nuevos dispositivos serán más que tangibles. Porque estamos asistiendo como testigos no sólo al proceso de transformación del libro, sino también a la transfiguración misma de la lectura. Algo como lo que aconteció históricamente cuando pasamos de la lectura en voz alta a la lectura en silencio.
¿Qué persona tiene hoy dinero para comprarse la enciclopedia británica impresa, por ejemplo? Sale más barato comprarse una computadora y una enciclopedia en CD o de plano hacer consultas gratuitas en la red, y más barato aún adquirir esos dispositivos en el futuro. Y, por otra parte, ¿no es más razonable usar una enciclopedia viva, frecuentemente actualizada, como Encarta? Ya existen comunidades de decenas de miles de individuos que intercambian textos de literatura, ciencia y tecnología a través de páginas en la red en formato Word, es decir, puro texto. El que los textos carezcan de formato, es decir, de características tipográficas vertidas sobre una caja como es el caso del libro, no es un impedimento para que lean ávidamente. El rechazo a la lectura en pantalla no es, finalmente, más que un prejuicio. Preferible poder leer aunque sea en pantalla, que no leer.
El mundo se mueve Hasta hace relativamente poco, en términos de latidos históricos, quien no tenía recursos económicos, no la hacía en términos académicos. Hoy, quien no tiene capital busca su camino hacia lo que lo hace tenerlo, que es muchas veces el conocimiento. El estudiante que enfrentado a la exigencia del profesor de leer tal capítulo de este, y tal de ese otro libro, los saca de la biblioteca y los fotocopia, comete un “crimen” llamado piratería. Pero ese crimen no es más que una situación propiciada por un sistema basado en la globalización de la ignorancia, de la defensa de quienes lucran de manera desmedida con la difusión de la información. La industria busca el lucro, el lucro requiere capital, el capital está en manos de pocos, el que poco tiene busca apropiarse de conocimientos, conocimientos que posee el capital, por tanto delinque y se apropia ilegalmente, mediante la piratería, de lo que el capital desde un punto de vista legal posee, pero que desde un punto de vista social debería ser ¿capital universal? De cualquier manera el capital, es decir, la industria, no puede frenar la piratería, por tanto, busca la manera de darle la vuelta a la forma de delinquir, para que, quien hoy delinque, encuentre una oferta aceptable que le aporte algo a la industria. El caso es que la sociedad civil busca la manera de acceder al conocimiento, ya sea a través de la piratería industrializada, como la de Tepito; la socialmente aceptada, como la fotocopia; o la underground, como el intercambio de información a través de redes tipo lo que fue Napster, o grupos de interés conectados a través de la red. Quizás esto nos lleve a una agria y también vieja discusión acerca del derecho a la información, al conocimiento y a la cultura, como la que protagonizó en Francia de manera radical Condorcet en 1776. Creo que, en perspectiva histórica, el conocimiento, y esto incluye a la literatura, debe estar desprovisto de lucro y que, por tanto, la creación y el conocimiento deben ser de libre circulación, es decir, estar libre de “derechos”. Esto, por supuesto, mina mi manera de supervivencia, porque hoy vivo de hacer libros, de circular literatura y conocimiento. Hablo, por tanto, de mi propio exterminio, pero lo hago porque sé que mientras llega el Raid de los editores y demás parásitos de la cultura, alcanzaré con cierta tranquilidad el final de mis días productivos.
Por lo pronto, mientras la industria editorial busca formas de perpetuar su dominio sobre el medio predilecto que contiene el conocimiento, es decir, el libro, y maneras de mejorar sus condiciones, se están dando numerosas contracorrientes. Actualmente, una de las formas predilectas de difusión de información tecnológica y científica es el archivo electrónico. Si comparamos, por ejemplo, la disponibilidad de textos en librerías sobre lingüística, versus los que encontramos en la red, hay una desproporción gigantesca. Pero no sólo eso. Ya hay decenas de miles de personas que intercambian gratuitamente miles de títulos en la red, desde los clásicos de la literatura, hasta los más sonados best-sellers de la actualidad, como los libros de Tolkien o los de Dan Brown. La discusión acerca de la superioridad del libro impreso en papel vs. el libro en archivo electrónico comienza a resquebrajarse ante la contundencia de los hechos. Hoy en día, la lectura de libros y archivos electrónicos se está convirtiendo en una verdadera opción para hacerle llegar bibliotecas a más personas que, de otra manera, no tendrían acceso. Por cierto, a unas cuadras del Palacio de Bellas Artes ofrecen ya DVDs que contienen más de 1000 títulos de literatura por unos $100 pesos. Pero aun si nos alejamos de este submundo de la distribución ilegal de obras, la tendencia es clara.
Yo, además de editor, soy impresor. Fui pionero en la incorporación de las nuevas tecnologías de impresión digital en México. De todos los libros de mi editorial produzco un tiraje inicial de sólo 100 ejemplares, lo que me ha permitido publicar lo que para otras editoriales sería impublicable, porque carecería de atractivo económico, como lo es la poesía, por ejemplo. Poco a poco, más y más editoriales, instituciones académicas y empresas privadas recurren a nuestros servicios para editar textos cuyo público lector presumen tan reducido que no vale la pena más que hacer un tiraje corto. Por otro lado, cada vez más entidades solicitan no sólo la publicación de sus libros con este sistema, sino que piden también que los convierta a libro electrónico. Han de saber ustedes que hoy en día, en prácticamente todos los casos, cuando se produce un libro se crea un archivo electrónico equivalente al ebook, que a su vez puede tener varias vertientes. Una es la impresión, pero con un par de clics el libro está listo para subirse a la red. Esto lo saben Google, Microsoft y Amazon. Por eso su actual lucha por hacer acopio de archivos electrónicos, pero también por digitalizar los libros publicados que carecen de soporte electrónico. Hoy la tecnología permite automatizar la digitalización de enormes volúmenes, hacer un reconocimiento óptico de caracteres (OCR) para dotar a la imagen facsimilar del libro de una subcapa con el texto para luego realizar la indexación de todo, de manera que cualquier búsqueda que se realice en la red lleve a los contenidos de esa biblioteca universal. Ese proyecto ha avanzado enormemente, y muchas editoriales están trabajando con Google y/o con Amazon en ese sentido, como es nuestro caso. Si este proyecto continúa, y todo parece indicar que así será, en unos años la riqueza bibliográfica en Internet será infinitamente mayor que la que podamos encontrar incluso en las mayores bibliotecas del mundo. Y no sólo en materia de libros técnicos y científicos, sino también literarios.
Por mi parte aplaudo esta tendencia. Veo en ella la única manera de superar las limitaciones que presenta el actual mercado bestsellerizado orientado al libro. No encuentro manera de que se creen librerías que contengan la riqueza bibliográfica que la diversidad requiere. La multiplicación de librerías no llevaría más que a la reproducción de los actuales esquemas, es decir, habría más puntos de venta para los pocos títulos bestsellerizados, porque los libreros quieren hacer negocio y no una labor cultural al poner a la venta libros cuyas posibilidades comerciales son menores. Si la tendencia de la industria encaminada al libro electrónico se impone, ¿quiénes saldrán perjudicados, quiénes beneficiados?
En principio, todos saldrán beneficiados, particularmente los lectores, tanto existentes como potenciales, quienes tendrán acceso a mucho más a un costo muy inferior. Esto sin mencionar a quienes tienen algún impedimento visual y que, a través de la tecnología, podrán cambiar el tamaño de la tipografía o incluso disponer de lectores electrónicos en voz alta que les lean no sólo los textos de libros, sino también periódicos y revistas. El sueño de la bibliodiversidad podría hacerse realidad. Ya no habría impedimento para que todas las obras pudieran darse a conocer. Por supuesto, habrá editores que, al no comprender estos cambios y al no encontrar maneras de adaptarse, es decir, de ofrecer valores agregados que les permitan cobrarle algo al lector, desaparecerán del escenario y nadie les llorará. Al mismo tiempo, estos cambios nos enfrentan a incontables retos en materia de investigación de procesos de lectura, y de adaptación de aspectos que inciden sustancialmente en ella, como el diseño y el manejo de la tipografía. También habrá que analizar las implicaciones de la proliferación de hipervínculos y metatextos y, por tanto, de la lectura no lineal. Por supuesto, la tecnología tendrá que avanzar en materia del desarrollo de dispositivos de lectura que sustituyan la interfase amigable del papel, es decir, dispositivos cuya opacidad contribuya a una lectura descansada y fluida, cuya portabilidad sea cada vez mayor y cuyo precio descienda con la misma rapidez con la que lo hicieron las calculadoras de bolsillo. ¿Hacia dónde nos llevará la tecnología en el terreno del desarrollo de dispositivos de lectura? Es muy temprano para decirlo. Aunque ya comenzamos a intuirlo, si observamos los avances en proyectos como los que mencioné.
Finalizo: es claro que la batalla de hoy en el mundo del libro y la lectura se da entre grandes consorcios económicos con intereses muy poderosos, y que lo que está en juego es la bibliodiversidad y la democratización del conocimiento. Podemos encontrar solución a los problemas que enfrentamos para hacerle llegar al lector cada vez más títulos aprovechando los recursos tecnológicos. La democratización de la lectura pasa por encima de los intereses de las pirañas del conocimiento y del libro (es decir, de las megaeditoriales). Estamos en los albores de grandes transformaciones en las que el conocimiento y la lectura tendrán que enfrentarse a los intereses de los grandes capitales tanto de la industria editorial actual, como de quienes están propiciando estas transformaciones, es decir, los amos de la tecnología y la Internet. El futuro de una humanidad lectora pasa por la necesaria desaparición del libro tal como hoy lo conocemos después de una etapa más o menos larga de convivencia con los diversos soportes existentes más los que vienen en camino. Ante el sepulcro del libro con soporte en papel se erigirá el florecimiento de la literatura, del conocimiento, de la cultura universal.
De cualquier manera, mientras viene la desaparición del libro impreso en papel, seguiré rodeado de ellos y viviendo de ellos, contribuyendo como editor independiente a la bibliodiversidad y luchando, como individuo, contra los dinosaurios que pretenden frenar la proliferación del conocimiento manteniendo la lectura como un privilegio de una élite pudiente.
¡Que muera el libro, que viva la lectura!
*azh, octubre 2007
A nivel mundial hay cada vez más encuentros en los que desde distintos bastiones, desde diversas posiciones dentro de lo que es la industria o el quehacer editorial, los protagonistas discurren en torno al tema, mucha veces con posiciones fundamentalistas. De entrada hay que comprender que al hablar del libro y del lector tocamos un universo sumamente complejo, difícil de reducir a simples categorías. Pero suponiendo que lo podemos hacer, habría que destacar al menos la gran industria del libro, la de las transnacionales que impulsan como caballo de batalla el bestseller; luego las editoriales medianas, que en cuanto tienen un catálogo comercialmente interesante son absorbidas por las grandes; seguirían las pequeñas editoriales que trabajan bajo diversos esquemas, ya sea comerciales o culturales; y finalmente los proyectos no comerciales que encajan quizás más bien en el ámbito del quehacer editorial artístico y artesanal o de plano en las artes visuales.
En los últimos meses he tenido oportunidad de participar con sendas ponencias y participación en debates y mesas redondas en varias actividades que han fortalecido la visión que les expondré. Primero fui a EDITA, un encuentro de editores que se realiza en Punta Umbría, España, donde se dan cita los más extraños y extravagantes proyectos editoriales emanados de una comunidad inquieta, creativa y alejada del mundo de las grandes corporaciones. Luego, asistí a Corea, a la FIL de Seúl y a un encuentro internacional de editores y traductores de literatura coreana, donde intercambié opiniones con colegas de Rusia, Estados Unidos, Corea, Alemania y China, y donde pude conocer, entre otras muchas cosas, infinidad de proyectos en materia del libro artesanal, artístico, y finalmente viajé a Islas Canarias, España, de donde acabo de regresar, a participar en el V Encuentro de Editores y la IV Feria de la Edición donde la discusión sobre presente y futuro del libro fue vigorosa entre colegas de muchas latitudes del mundo de habla hispana. El caso es que las inquietudes que aquí abordaremos son universales. Con eso entro en materia.
Me gustaría iniciar con un ejercicio herético de imaginación. Concibamos, por un momento, que la humanidad ha evolucionado y encontrado formas diferentes de apropiarse de la información. Que, por tanto, el libro que conocemos y al que tanto cariño le tenemos, ha dejado de existir y ya no lo encontramos más que… en museos. Este panorama, que presagiaría el fin de mi ámbito profesional de trabajo, es decir, la edición de libros con soporte en papel, lo percibo inminente, donde el término “inminente” es igual a un periodo más o menos largo en función de la vida de un hombre, pero brevísimo en términos históricos absolutos. Me atrevo a exponerlo aquí, precisamente, porque no estoy ante un público de especialistas en busca de argumentos para justificar la perpetuidad de su especie, sino en un espacio de reflexión sobre el futuro del libro y la lectura.
Para entender la razón de este apocalíptico presagio de la desaparición de los dinosaurios de la lectura, que no pueden sino negar la inminencia de su extinción por un mero espíritu de supervivencia, hablaré, si me lo permiten, de algunas experiencias recientes, de algunas desapariciones de especies que dieron vida, durante una época, a los libros, y que, sin embargo, acabaron siendo prescindibles ante la macabra y a veces sádica lógica de la tecnología.
Yo acabo de cumplir 50 años de existencia. Si viviera en la Edad Media, sería un anciano; si mi tiempo fuera el del siglo XIX, quizás estaría entrando en la vejez, pero como afortunadamente vivo en el siglo XXI, estoy en la plenitud de la adultez. Para mi hija, que está en la adolescencia, soy un viejo ruco, aunque para Alí Chumacero, a sus ochentaitantos años, soy un chamaco. Comencé a trabajar a los 15 años, de manera que puedo decir que llevo 37 años de vida productiva, 28 de vida profesional y 22 de subsistir divirtiéndome en el afanoso mundo de la alquimia editorial, aunque debo confesar que llevo tanto tiempo viviendo del libro como años tengo, pues mi padre fue un encuadernador que vino refugiado a México huyendo de la persecución nazi. En fin, en estos 22 años, llamémosles “profesionales”, mis ojos han tenido oportunidad de ver la transición vertiginosa que la industria editorial ha vivido. Algunos, que fueron mis maestros, ya no pudieron seguir en el medio. No por la edad, sino porque ya no comprendieron los “nuevos tiempos” que los llevaron de la gloria al desempleo en un abrir y cerrar de ojos para la medición histórica del tiempo.
Cuando comencé a hacer libros profesionalmente, hace 20 años, incursioné con pasión en esa mezcla de ciencia y arte de la tipografía allegándome conocimientos y recursos como pude, porque en ese entonces no había lugar en el que uno pudiera formarse académicamente como tipógrafo. Tuve la fortuna de comenzar a trabajar con linotipos. Con mi padre había conocido el complejo arte de componer usando monotipos, que empleaba para dorar textos e imágenes en lomos y pastas de los libros. El linotipo coexistía con nuevas formas de composición tipográfica, como la composer, creada por IBM, y las primeras fotocomponedoras. Un par de años más adelante, sin embargo, surgieron los enemigos mortales de esas herramientas que se disputaban el mercado y el título de ser las más eficientes y profesionales: la computadora y la impresora láser. Cuando llegaron a México los primeros equipos destinados al mercado del diseño, me aventuré a invertir mis escasos ahorros en su adquisición. Mis amigos del medio no dejaron de criticarme, pues esos objetos, más que herramientas parecían juguetes. En buena medida tenían razón, pues estaban plagados de imperfecciones. Sin embargo, me entusiasmaba la idea de tener un centro de producción tan versátil como el que me prometía esa computadora dotada de un “poderoso” procesador 80286 y armada de PageMaker 1.0, una impresora Laserjet y un escáner (todo eso destinado hoy al museo de la chatarra). Al mismo tiempo, según recuerdo, un amigo adquirió una terminal para su equipo de fotocomposición. Se gastó alrededor de $120 000 pesos de aquél entonces. Lo que yo compré, completito, costó unos $36 000. El suyo era profesional; el mío, un “juguetito”. Unos años más tarde, pocos realmente, mi juguetito se había abierto el camino de la aceptación en el medio y había impuesto nuevos paradigmas en la producción con los que las otras tecnologías ya no podían competir. Lo curioso del asunto no es sólo eso, sino que mi amigo se tuvo que salir del mercado de la tipografía, porque no se entendió con las computadoras. Así recuerdo el inicio de una batalla campal que les abrió el paso a nuevos contendientes en el mercado de la tipografía y del diseño. El mundo dejó de ser lo que era. Comenzaron las transformaciones vertiginosas que han cambiado radicalmente el panorama en pocos años.
En los inicios del libro contemporáneo, un individuo concentraba todas las funciones que permitían convertir el texto en libro: elegía el texto, diseñaba, paraba la tipografía, imprimía, encuadernaba y vendía. Poco a poco, cada una de esas actividades se convirtió en una profesión relativamente independiente. Con la aparición de las tecnologías revolucionarias del siglo XX, específicamente la fotografía y el offset, vimos una transformación que habría parecido insuperable. En cada una de esas etapas surgieron necesidades que dieron lugar a oficios, a profesiones que, a su vez, desplazaron a otros oficios del escenario. Sin embargo, las transformaciones fueron relativamente lentas y permitieron que quienes aprendieron un oficio, murieran ejerciéndolo o migraran a otro similar. ¿En qué se diferencian hoy las cosas? En que la vida útil de quien ejerce una profesión es mayor que la vida útil de la profesión misma, y en que la migración de un oficio a otro no es nada fácil a cierta edad en esta era de alta tecnología. Así como los linotipistas dejaron de tener trabajo, también los fotolitos han tenido que abandonar la palestra y lo mismo está sucediéndole a los que basan su producción en el offset convencional.
Y ustedes se preguntarán: ¿qué tiene que ver todo esto con el libro y la lectura? Porque la lectura, como método de apropiación de conocimientos, pareciera haberse mantenido sin transformación a lo largo de los años. Ha cambiado la manera de hacer los libros, pero los libros que hoy tenemos en las manos siguen siendo en esencia idénticos a los que abrieron esta época. De allí que quienes viven del libro imaginen que las cosas seguirán igual. Es decir, cambiará la manera de hacerlos, más no su forma. ¿O…?
Lo más impopular es hablar de que el libro con soporte en papel está condenado a desaparecer. ¿Por qué esa resistencia? Por dos motivos. Primero, por interés de quienes viven del libro. Es una industria poderosísima que mueve miles de millones de dólares en el mundo. Segundo, por costumbre. El libro, como objeto, tiene todo para encariñarnos con él, si tuvimos la suerte de no toparnos con un profesor que pretendiera hacernos leer a la fuerza y convertir la lectura en tortura y hacer del libro un objeto despreciable.
Pero regresemos a lo básico. El libro es un continente. Su contenido, el texto, la obra de un autor —incluidas fotos, cuadros, gráficas, etc.—, pareciera fundirse con el objeto. Contenido y continente parecieran ser lo mismo. Pero no lo son. Si no distinguimos lo uno de lo otro, seremos incapaces de comprender la capacidad de transformación de lo esencial, que es precisamente el contenido, y por tanto su capacidad de adaptación a diversos continentes y de transformar la lectura misma. El enamorado del libro con soporte en papel aferra o asocia el contenido a lo que lo contiene, y no concibe que la lectura sea distinta y pueda incluso mejorar si cambiamos el objeto que la posibilita. Pensamos que el libro tal como lo tenemos es perfecto y que no hay manera de inventar algo mejor. Las objeciones se centran generalmente en las limitaciones que tienen hoy las nuevas tecnologías, pero la tecnología evoluciona, y lo ha hecho a una velocidad sorprendente. El libro mejoró (aunque hay quien opina que en realidad empeoró) con los siglos, y hoy está en su esplendor… y también en su decadencia. Así como la tecnología permitió la producción de millones de títulos a lo largo de la historia, de pronto ha posibilitado la bestellerización de la lectura y, con ello, el empobrecimiento cultural de la humanidad. Esto pareciera una contradicción: se produce más que nunca, pero se empobrece la cultura. Se producen, hoy, millones de ejemplares, pero de relativamente pocos títulos. En cambio, incontables obras, miles, quizá cientos de miles, no llegan a convertirse en libros y, por tanto, no tienen posibilidad de llegar al lector, o el lector no tiene posibilidad de llegar a ellas. Por eso decimos que la bestsellerización es el empobrecimiento de la cultura, y que las megaeditoriales no son sino los cimientos para un mundo sin lectores. Pero maticemos el asunto: no se trata propiamente de que se lea menos que antes. Las estadísticas nos muestran que la cantidad de títulos publicados y la cantidad de ejemplares impresos han ido en aumento. Se trata, más bien, de que en un mundo donde la población crece vertiginosamente, donde cada vez se crea más, los textos que surgen no se convierten todos en libros y los libros no llegan a todos los que deberían llegar. Pero ojo: aún si quisiéramos, hay imposibilidades técnicas para lograrlo. El libro con soporte en papel lo impide.
Hay otras razones que hacen evidente que el libro con soporte en papel ha llegado a sus límites, y éstos los encontramos en toda la cadena. Producir un libro es caro. El 95% de la producción del papel se basa hoy en día en la celulosa de madera. Es decir, no es un producto que vaya con la idea de la preservación de la ecología. Por otro lado, el libro ocupa mucho espacio y es caro transportarlo. El que ocupe espacio físico limita la bibliodiversidad, es decir, la coexistencia de muchos títulos, porque no hay dónde exhibirlos. Si imagináramos una librería en la que estuvieran todos, realmente todos los libros del catálogo vivo de todas las editoriales, ocuparía varias cuadras. Tendría que ser una espacio mayor que el que ocupa la FIL de Guadalajara, mayor que el que ocupa la FIL de Frankfurt, mayor que esa megaestupidez foxista de la Biblioteca Vasconcelos, cerrada a los pocos meses de funcionamiento tras una inversión multimillonaria. E imaginemos pretender crear un espacio de esa magnitud al que tengan acceso todas las comunidades de un país. Es decir, necesitaríamos una FIL permanente al menos en cada estado de la República, y aún así serían insuficientes. Es decir, las dimensiones físicas del libro han conducido al empobrecimiento relativo de la oferta (en función de los títulos existentes), porque el espacio en las librerías, que finalmente constituyen un negocio, cuesta, y no hay lectores suficientes que agoten los tirajes de una industria cada vez más voraz.
Esa falta de lectores ha hecho que algunas editoriales planteen la necesidad de que la industria se “autorregule”, es decir, que produzca menos títulos, y hablan con singular alegría de los “demasiados libros”. Por supuesto que, considerando la capacidad de lo que un individuo puede leer en su vida, hay demasiados títulos si pretendiéramos que todos leyéramos todos los títulos existentes. Pero para el caso, ya hace siglos había demasiados libros, es decir, más de los que un individuo podía leer en su vida. Para el caso quizás habría que proponer que la humanidad deje de crear para que no incremente ese acervo inmasticable. El planteamiento es por supuesto absurdo. Por fortuna la humanidad sigue produciendo, sigue explorando e innovando. Por tanto, es inevitable que haya cada vez más textos. La globalización, la apertura de fronteras y mercados, contribuye a eso. Esa proliferación de textos y el derecho que todos tenemos a abrirnos paso a nuestro modo en el mundo de la lectura, es lo que llamamos bibliodiversidad.
La pregunta ante esto es: ¿qué hacer? Si nos aferramos al libro con soporte en papel, hay pocas esperanzas de lograr la bibliodiversidad y de revolucionar la lectura, pero si dejamos de lado el objeto y pensamos cómo hacerle llegar lo esencial, los contenidos, a los lectores potenciales, que es a fin de cuentas lo que importa, se nos abren expectativas nada desdeñables gracias a las posibilidades que encierran las nuevas tecnologías. Y aquí entramos en materia.
En muchas discusiones en las que he participado se habla de la dicotomía libro-soporte en papel vs. libro electrónico, como si se tratara de un partido de futbol: ¿quién ganará, el libro en papel o el libro electrónico? Pero no se trata de un partido, sino de una imparable evolución en la que imperará el soporte que demuestre ser:
a) práctico b) versátilc) económicod) amigable
e) adaptable
Tomemos por ejemplo la industria disquera.
Desde hace años he sostenido que la predilección por el soporte en papel no es más que resultado de un binomio:
a) la tecnología (el nivel de desarrollo que ha alcanzado)b) la costumbre o el factor generacional (quiénes constituyen el perfil de los lectores)
Cambiemos “lectores” por “melómanos” o simples escuchas de diversos géneros de música. Años atrás, yo identificaba tanto la música clásica, como la de mi generación, es decir, la de los Rolling Stones, The Who, Black Sabbath, Deep Purple, etc., con el objeto, es decir, los discos LP. Aún guardo esos discos con nostalgia, aunque ya no tengo dónde tocarlos. Me costó trabajo la transición de un objeto contenedor de música, a otro, al CD, pero lo realicé finalmente. Hoy, la música transita del CD al formato MP3, desprovisto de un continente específico, y a otros formatos en desarrollo, y lo que está en boga es la adquisición de música a través de portales, como iTunes, de Apple, y la búsqueda y compra de una canción en particular, y no de un álbum completo (porque antes nos obligaban a comprar un disco completo aunque sólo deseáramos escuchar una pieza). Eso está cambiando. Por otro lado, ya no se escucha la música sólo a través de un sistema tradicional de reproducción.
Aquí hago un paréntesis: hasta hace poco, no concebía escuchar música más que a través de un equipo de sonido provisto de bocinas. Sin embargo, con el surgimiento de los Walkman primero, y de la iPod después, la manera de escuchar la música ha ido cambiando. Ha habido una transfiguración del escucha. Si nos adentráramos en esa metamofosis vertiginosa, nos encontraríamos con infinidad de aspectos que modificaron sustancialmente la manera de escuchar no sólo música, sino también la voz a través de los audiolibros. El cambio cuantitativo y cualitativo es impresionante. En suma, el LP valió queso, y el CD en ésas anda. La música, convertida a valores binarios, comienza a perder un contenedor reconocible. Ya no hay objeto que la identifique, sino gran variedad de reproductores de contenido. Además, el que escucha puede asumir una parte relativamente activa, pues determina el orden de las canciones e incluso puede editar las transiciones. Y eso va a pasar con el texto, también convertido a valores binarios. Esto nos debe remitir a fenómenos similares en el ámbito de la lectura.Por ejemplo, muchos no quieren comprar un libro completo, sino sólo un capítulo (que es como comprar sólo una pieza de un álbum de un disco). Las universidades constituyen un espacio más que ejemplar de esto: la piratería que practican los estudiantes con ciertos capítulos de libros vía fotocopia, para no comprar los libros completos, es abrumadora. ¿No sería más razonable, por tanto, ofrecer la posibilidad de adquirir la producción editorial por partes, al igual que ya se ofrece el contendido de los álbumes discográficos?
Pasemos a otro razonamiento. Una de las objeciones planteadas a la sustitución del libro por las nuevas tecnologías ha sido su costo. Es decir, ¿qué poblador de la sierra de Guerrero, de los Altos de Chiapas o de las islas Fiji estará en condiciones de comprarse una computadora con conexión a Internet para leer en ella libros? Y si se la pudieran comprar, ¿querrá leer en ella? Quizás hoy no, pero mañana probablemente sí. Recordemos el camino que transitó la TV. En un principio fue cosa de adinerados. Hoy la encontramos en los lugares más recónditos de la República. La tecnología se abarata. Años atrás diversos gobiernos, en alianza con Microsoft e Intel, anunciaron un programa para la producción de computadoras con un costo no superior a los 100 dólares. Por otro lado, la conexión alámbrica e inalámbrica a Internet se extiende más veloz de lo que uno hubiera imaginado. El uso de los teléfonos celulares ha crecido a una velocidad sorprendente. El acceso a Internet a través de celulares comienza a ser de existente y de costo sustentable a algo cada vez más común. Las nuevas computadoras salen ya con conexión inalámbrica a Internet (WiFi). Pero no sólo eso. Hace unos meses salió al mercado el iPhone de Apple que nos hizo presagiar el siguiente paso: la nueva iPod con conexión inalámbrica a Internet. Esa iPod ya nos permite intuir hacia dónde se dirige la industria. En breve, Amazon sacará al mercado un dispositivo de lectura basado en el eInk. Se trata de un aparato similar a la nueva iPod, con monitor en blanco y negro, cuya opacidad se acerca o iguala la del papel y que estará conectado inalámbricamente a una gigantesca base de datos de libros electrónicos, permitirá navegar por internet e incluso consultar periódicos en línea. Sigue sin igualar al libro, que no requiere pilas ni conexión a Internet. Pero ya ofrece ventajas por encima del libro común. Y apenas es el inicio. Quizás seguirá siendo más cómodo leer el libro con soporte papel por un rato. Pero para un estudiante, las ventajas de estos nuevos dispositivos serán más que tangibles. Porque estamos asistiendo como testigos no sólo al proceso de transformación del libro, sino también a la transfiguración misma de la lectura. Algo como lo que aconteció históricamente cuando pasamos de la lectura en voz alta a la lectura en silencio.
¿Qué persona tiene hoy dinero para comprarse la enciclopedia británica impresa, por ejemplo? Sale más barato comprarse una computadora y una enciclopedia en CD o de plano hacer consultas gratuitas en la red, y más barato aún adquirir esos dispositivos en el futuro. Y, por otra parte, ¿no es más razonable usar una enciclopedia viva, frecuentemente actualizada, como Encarta? Ya existen comunidades de decenas de miles de individuos que intercambian textos de literatura, ciencia y tecnología a través de páginas en la red en formato Word, es decir, puro texto. El que los textos carezcan de formato, es decir, de características tipográficas vertidas sobre una caja como es el caso del libro, no es un impedimento para que lean ávidamente. El rechazo a la lectura en pantalla no es, finalmente, más que un prejuicio. Preferible poder leer aunque sea en pantalla, que no leer.
El mundo se mueve Hasta hace relativamente poco, en términos de latidos históricos, quien no tenía recursos económicos, no la hacía en términos académicos. Hoy, quien no tiene capital busca su camino hacia lo que lo hace tenerlo, que es muchas veces el conocimiento. El estudiante que enfrentado a la exigencia del profesor de leer tal capítulo de este, y tal de ese otro libro, los saca de la biblioteca y los fotocopia, comete un “crimen” llamado piratería. Pero ese crimen no es más que una situación propiciada por un sistema basado en la globalización de la ignorancia, de la defensa de quienes lucran de manera desmedida con la difusión de la información. La industria busca el lucro, el lucro requiere capital, el capital está en manos de pocos, el que poco tiene busca apropiarse de conocimientos, conocimientos que posee el capital, por tanto delinque y se apropia ilegalmente, mediante la piratería, de lo que el capital desde un punto de vista legal posee, pero que desde un punto de vista social debería ser ¿capital universal? De cualquier manera el capital, es decir, la industria, no puede frenar la piratería, por tanto, busca la manera de darle la vuelta a la forma de delinquir, para que, quien hoy delinque, encuentre una oferta aceptable que le aporte algo a la industria. El caso es que la sociedad civil busca la manera de acceder al conocimiento, ya sea a través de la piratería industrializada, como la de Tepito; la socialmente aceptada, como la fotocopia; o la underground, como el intercambio de información a través de redes tipo lo que fue Napster, o grupos de interés conectados a través de la red. Quizás esto nos lleve a una agria y también vieja discusión acerca del derecho a la información, al conocimiento y a la cultura, como la que protagonizó en Francia de manera radical Condorcet en 1776. Creo que, en perspectiva histórica, el conocimiento, y esto incluye a la literatura, debe estar desprovisto de lucro y que, por tanto, la creación y el conocimiento deben ser de libre circulación, es decir, estar libre de “derechos”. Esto, por supuesto, mina mi manera de supervivencia, porque hoy vivo de hacer libros, de circular literatura y conocimiento. Hablo, por tanto, de mi propio exterminio, pero lo hago porque sé que mientras llega el Raid de los editores y demás parásitos de la cultura, alcanzaré con cierta tranquilidad el final de mis días productivos.
Por lo pronto, mientras la industria editorial busca formas de perpetuar su dominio sobre el medio predilecto que contiene el conocimiento, es decir, el libro, y maneras de mejorar sus condiciones, se están dando numerosas contracorrientes. Actualmente, una de las formas predilectas de difusión de información tecnológica y científica es el archivo electrónico. Si comparamos, por ejemplo, la disponibilidad de textos en librerías sobre lingüística, versus los que encontramos en la red, hay una desproporción gigantesca. Pero no sólo eso. Ya hay decenas de miles de personas que intercambian gratuitamente miles de títulos en la red, desde los clásicos de la literatura, hasta los más sonados best-sellers de la actualidad, como los libros de Tolkien o los de Dan Brown. La discusión acerca de la superioridad del libro impreso en papel vs. el libro en archivo electrónico comienza a resquebrajarse ante la contundencia de los hechos. Hoy en día, la lectura de libros y archivos electrónicos se está convirtiendo en una verdadera opción para hacerle llegar bibliotecas a más personas que, de otra manera, no tendrían acceso. Por cierto, a unas cuadras del Palacio de Bellas Artes ofrecen ya DVDs que contienen más de 1000 títulos de literatura por unos $100 pesos. Pero aun si nos alejamos de este submundo de la distribución ilegal de obras, la tendencia es clara.
Yo, además de editor, soy impresor. Fui pionero en la incorporación de las nuevas tecnologías de impresión digital en México. De todos los libros de mi editorial produzco un tiraje inicial de sólo 100 ejemplares, lo que me ha permitido publicar lo que para otras editoriales sería impublicable, porque carecería de atractivo económico, como lo es la poesía, por ejemplo. Poco a poco, más y más editoriales, instituciones académicas y empresas privadas recurren a nuestros servicios para editar textos cuyo público lector presumen tan reducido que no vale la pena más que hacer un tiraje corto. Por otro lado, cada vez más entidades solicitan no sólo la publicación de sus libros con este sistema, sino que piden también que los convierta a libro electrónico. Han de saber ustedes que hoy en día, en prácticamente todos los casos, cuando se produce un libro se crea un archivo electrónico equivalente al ebook, que a su vez puede tener varias vertientes. Una es la impresión, pero con un par de clics el libro está listo para subirse a la red. Esto lo saben Google, Microsoft y Amazon. Por eso su actual lucha por hacer acopio de archivos electrónicos, pero también por digitalizar los libros publicados que carecen de soporte electrónico. Hoy la tecnología permite automatizar la digitalización de enormes volúmenes, hacer un reconocimiento óptico de caracteres (OCR) para dotar a la imagen facsimilar del libro de una subcapa con el texto para luego realizar la indexación de todo, de manera que cualquier búsqueda que se realice en la red lleve a los contenidos de esa biblioteca universal. Ese proyecto ha avanzado enormemente, y muchas editoriales están trabajando con Google y/o con Amazon en ese sentido, como es nuestro caso. Si este proyecto continúa, y todo parece indicar que así será, en unos años la riqueza bibliográfica en Internet será infinitamente mayor que la que podamos encontrar incluso en las mayores bibliotecas del mundo. Y no sólo en materia de libros técnicos y científicos, sino también literarios.
Por mi parte aplaudo esta tendencia. Veo en ella la única manera de superar las limitaciones que presenta el actual mercado bestsellerizado orientado al libro. No encuentro manera de que se creen librerías que contengan la riqueza bibliográfica que la diversidad requiere. La multiplicación de librerías no llevaría más que a la reproducción de los actuales esquemas, es decir, habría más puntos de venta para los pocos títulos bestsellerizados, porque los libreros quieren hacer negocio y no una labor cultural al poner a la venta libros cuyas posibilidades comerciales son menores. Si la tendencia de la industria encaminada al libro electrónico se impone, ¿quiénes saldrán perjudicados, quiénes beneficiados?
En principio, todos saldrán beneficiados, particularmente los lectores, tanto existentes como potenciales, quienes tendrán acceso a mucho más a un costo muy inferior. Esto sin mencionar a quienes tienen algún impedimento visual y que, a través de la tecnología, podrán cambiar el tamaño de la tipografía o incluso disponer de lectores electrónicos en voz alta que les lean no sólo los textos de libros, sino también periódicos y revistas. El sueño de la bibliodiversidad podría hacerse realidad. Ya no habría impedimento para que todas las obras pudieran darse a conocer. Por supuesto, habrá editores que, al no comprender estos cambios y al no encontrar maneras de adaptarse, es decir, de ofrecer valores agregados que les permitan cobrarle algo al lector, desaparecerán del escenario y nadie les llorará. Al mismo tiempo, estos cambios nos enfrentan a incontables retos en materia de investigación de procesos de lectura, y de adaptación de aspectos que inciden sustancialmente en ella, como el diseño y el manejo de la tipografía. También habrá que analizar las implicaciones de la proliferación de hipervínculos y metatextos y, por tanto, de la lectura no lineal. Por supuesto, la tecnología tendrá que avanzar en materia del desarrollo de dispositivos de lectura que sustituyan la interfase amigable del papel, es decir, dispositivos cuya opacidad contribuya a una lectura descansada y fluida, cuya portabilidad sea cada vez mayor y cuyo precio descienda con la misma rapidez con la que lo hicieron las calculadoras de bolsillo. ¿Hacia dónde nos llevará la tecnología en el terreno del desarrollo de dispositivos de lectura? Es muy temprano para decirlo. Aunque ya comenzamos a intuirlo, si observamos los avances en proyectos como los que mencioné.
Finalizo: es claro que la batalla de hoy en el mundo del libro y la lectura se da entre grandes consorcios económicos con intereses muy poderosos, y que lo que está en juego es la bibliodiversidad y la democratización del conocimiento. Podemos encontrar solución a los problemas que enfrentamos para hacerle llegar al lector cada vez más títulos aprovechando los recursos tecnológicos. La democratización de la lectura pasa por encima de los intereses de las pirañas del conocimiento y del libro (es decir, de las megaeditoriales). Estamos en los albores de grandes transformaciones en las que el conocimiento y la lectura tendrán que enfrentarse a los intereses de los grandes capitales tanto de la industria editorial actual, como de quienes están propiciando estas transformaciones, es decir, los amos de la tecnología y la Internet. El futuro de una humanidad lectora pasa por la necesaria desaparición del libro tal como hoy lo conocemos después de una etapa más o menos larga de convivencia con los diversos soportes existentes más los que vienen en camino. Ante el sepulcro del libro con soporte en papel se erigirá el florecimiento de la literatura, del conocimiento, de la cultura universal.
De cualquier manera, mientras viene la desaparición del libro impreso en papel, seguiré rodeado de ellos y viviendo de ellos, contribuyendo como editor independiente a la bibliodiversidad y luchando, como individuo, contra los dinosaurios que pretenden frenar la proliferación del conocimiento manteniendo la lectura como un privilegio de una élite pudiente.
¡Que muera el libro, que viva la lectura!
*azh, octubre 2007
El editor y la traducción literaria
Alejandro Zenker
Encuentro Internacional de Traductores
IFAL, 18 de octubre de 2007
Cuando Danielle Zaslavsky —que fue mi condiscípula en El Colegio de México— me invitó a participar en esta mesa hace poco más de una semana, acepté gustoso pensando que el tema era, como quien dice, pan comido. Estudié traducción, formé traductores y soy editor. Sin embargo, al abordar las preguntas que ella me envió y al tratar de ordenar mis ideas, me percaté de lo complejo que resultaría exponerlas en los escasos minutos disponibles en el marco de una mesa redonda. Así que decidí escribir unas líneas polémicas.
Acabo de regresar de las Islas Canarias, España, adonde fui invitado a participar en la feria del libro y en un encuentro de editores independientes para hablar sobre la profesionalización del editor y los problemas de la distribución del libro independiente, entre otras cosas. Este año ha sido muy activo. Meses atrás había participado con una ponencia en otro encuentro de editores independientes en Punta Umbría, España, y semanas después viajé a Corea, donde se realizó un encuentro internacional de editores y traductores de literatura coreana, en el que participamos ponentes de seis países: Corea, Alemania, Estados Unidos, Rusia, China y México. Esta actividad habla de la efervescencia que hay en todo el mundo en torno a la edición. Los encuentros se multiplican, y un común denominador es la interdisciplinariedad y la internacionalización. La industria está en una suerte de “crisis” por los grandes cambios que se han dado a lo largo de los últimos decenios y que se están viendo acelerados por los procesos de globalización y concentración de capitales.Estos cambios, que afectan toda la cadena de producción y a todos los protagonistas de la industria editorial, es decir, a las pequeñas, medianas y grandes editoriales, de igual manera han venido transformando la manera en que, quienes componen todo el engranaje editorial, se vinculan con su quehacer a la máquina de producción. Hay, sin lugar a dudas, diferencias entre la manera de abordar las cosas dependiendo del tipo de proyecto editorial de que se trate. Podríamos quizá distinguir seis prototipos básicos, con infinidad de puntos intermedios:1. El editor artista que produce libros objeto.2. El editor independiente que produce libros sin otra infraestructura que su vocación y entusiasmo.3. El editor independiente que logra crear una pequeña infraestructura de producción y administración.4. El editor independiente profesionalizado con una estructura productiva y administrativa más o menos bien armada.5. La editorial mediana que ya cuenta con una división del trabajo y una estructura profesional productiva y administrativa.6. La gran industria editorial trasnacionalizada, globalizada y voraz.Cada uno de estos proyectos aborda de manera distinta cada eslabón del proceso editorial, incluida la traducción.Aquí hago un paréntesis. Danielle Zaslavsky nos pidió que habláramos del quehacer editorial real del editor. Es decir, de cómo enfrenta, modifica la traducción literaria, cómo ejerce la crítica, con qué criterios, cómo evalúa la calidad, etc. No cómo DEBERÍA hacerlo, sino cómo lo HACE. El DEBERÍA es una categoría teórica. El HACE es una afirmación práctica. Partiendo de estas categorías, deberíamos hablar de cómo enfrenta cada uno la traducción literaria. Y eso nos llevaría horas. Cabría preguntarnos… ¿cuál categoría de editor abordamos?Yo llevo más de 22 años de producir libros, no sólo los propios, sino los de infinidad de entidades editoriales, desde académicas y paraestatales, hasta privadas. Mi experiencia en materia de producción editorial va desde la concepción misma de un proyecto editorial y su redacción, hasta la producción de libros partiendo de un original en lengua extranjera o en español, su revisión, cotejo y marcaje, tipografía y formación, hasta la impresión, encuadernación, distribución y venta.Déjenme explicarles, o más bien enunciarles, cuáles son los pasos por los que pasa una traducción en una editorial cuando bien le va:1. Dictamen de la obra partiendo del original o de la traducción.2. Traducción (cuando no la hay).3. Revisión técnica en libros científicos o técnicos, no literarios.4. Revisión y cotejo de la traducción desde el punto de vista de la corrección de estilo, ortográfica y gramatical.5. Ajuste del texto a las normas de la editorial.
LUEGO
6. Al realizar la formación tipográfica, el libro pasa por varias etapas, por ejemplo, revisión de lo que llamamos “galeras”, y luego primeras y segundas planas, hasta llegar a la contraprueba.7. En esas revisiones, el texto vuelve a sufrir cambios (en ocasiones de estilo o gramaticales) con objeto de ajustarlo a criterios normativos o estético-tipográficos. Para esto hay que tomar en cuenta un aspecto que muchos desconocen. El libro no pasa sólo por las manos de UN corrector, sino de varios. La norma establece que cada una de las idealmente cinco fases de revisión la realice una persona distinta. Quien hace la revisión inicial, el corrector de estilo propiamente, marca la pauta. Pero luego, los correctores de galeras, planas y contraprueba meten su cuchara. Lo ideal es que al final o durante el proceso, el traductor intervenga. Pero no siempre sucede o puede hacerse.En la primera etapa, en ocasiones el editor escoge al traductor, en otras, la traducción misma es sometida a su consideración. ¿Cómo escoge un editor al traductor? En el mejor de los casos, por sus capacidades, considerando la lengua de partida, el género y la complejidad, así como la disponibilidad y, ojo, la tarifa del traductor, precio que incide sustancialmente en el costo de producción del libro.Para esto hay que incorporar varios factores de juicio:El costo fijo de producción del libro se distribuye entre la cantidad de ejemplares producidos. Es decir, a menor cantidad de ejemplares, mayor incidencia del costo en el precio final al público. En mi editorial, gran parte de los libros los produzco con un tiraje inicial de sólo 100 ejemplares, modelo que muchas editoriales pequeñas, medianas y hasta grandes están reproduciendo. Si un libro tiene 100 cuartillas, y al traductor se le paga, malbaratándolo, 100 pesos por cuartilla, el costo de traducción sería de 10,000 pesos. Si a este costo añadimos el de revisión y marcaje, tipografía, formación, lecturas, impresión y encuadernación, le sumaríamos digamos unos $12,000 pesos. Es decir, tendríamos un costo de 22,000 pesos que dividiríamos entre 100 ejemplares. Nos arroja un precio de producción por ejemplar de $220 pesos. Pero resulta que el distribuidor o librero le exige al editor entre el 50 y el 65% de comisión. Tenemos que aplicar un factor multiplicador para salir con alguna ganancia. Un factor multiplicador bajo es igual al 3.5. Si lo aplicamos a $220 x 3.5 nos da un resultado de $770 pesos de precio al público que, descontando el 65% que exigen algunos distribuidores, le deja al editor un ingreso hipotético de $269.50, es decir, apenas $49.50 de ganancia. Pero… olvidamos al autor, a quien habría que pagar entre el 5 y el 10% de regalías. Es decir, sobre un precio al público de $770 pesos, el autor se lleva entre $38.50 y $77 pesos. ¿Y el editor? Prácticamente nada. Esto pone de manifiesto la imposibilidad de que un editor independiente pretenda publicar obras traducidas aunque le pague relativamente poco al traductor. Porque… ¿quién pagaría $770 pesos por un libro de, si acaso, 100 páginas? Así las cosas, la traducción queda casi exclusivamente en manos de las grandes editoriales que mayoritariamente publican best sellers o de editoriales medianas o pequeñas con subsidios.
Una crítica que hemos hecho las editoriales independientes a lo largo de los últimos años tiene que ver, precisamente, con esa bestsellerización del mercado. Sólo obras que tienen la posibilidad de vender grandes cantidades de ejemplares justifican su inmersión en la cadena de producción. Pero eso atenta contra la bibliodiversidad, es decir, contra el derecho que tenemos de acceder a la literatura universal.Lo anterior da pie a cuestionarnos cuál es la función del traductor literario en el medio editorial. Desde hace muchísimos años hemos pugnado porque al traductor se le dé trato de autor o coautor y porque se le pague decorosamente. Sin embargo, cada vez es más evidente una marcada tendencia a que el traductor literario, y ojo, recalco LITERARIO, realmente se vea como autor y que se conciba como tal.Y eso significará probablemente trabajar sin cobrar, aspirar a un pago menor de regalías y sentir la satisfacción de ver su obra o co-obra publicada.
Concluyo:Como editor, desearía contratar al mejor traductor en función de sus capacidades vinculadas al tipo de obra; modificaría la traducción sólo en mancuerna con el traductor por razones de norma editorial o de justificadas objeciones a las soluciones que haya encontrado, partiendo de que la traducción tiene múltiples posibilidades; criticaría la traducción basado en el conocimiento del original y de la calidad de lo que me ofrece; basaría mis criterios y la evaluación de la calidad en mis propios conocimientos o en los de mis colaboradores, ya sea internos o externos; tomaría en cuenta la complejidad de la obra, la riqueza literaria que nos arrojara el traductor para acercarnos al original desde una multiplicidad de aspectos léxicos, gramaticales, culturales, etc.; confiaría en el resultado de una mancuerna entre el traductor y el corrector de estilo, y buscaría como corrector de estilo a quien sabe dialogar y valorar los intrincados problemas de la traducción; buscaría a veces al traductor-escritor en función de sus habilidades, pero por lo general al traductor profesional, y confiaría, más que nada, en una labor conjunta, en una mancuerna, en un trabajo de equipo.
El traductor que cree ser la crema y nata y no está dispuesto a dialogar y escuchar a quienes están en un proceso de producción complejo, generalmente es un mal traductor, o un traductor soberbio con quien uno no querrá trabajar de nuevo. La traducción no es todo, como tampoco el proceso de creación. Autor, traductor y editor deberían ser parte de un triángulo amoroso para producir el coito perfecto: el libro.
Pero la realidad es otra. Y nos toca luchar por transformarla.La bestsellerización es el coitus interruptus. La bibliodiversidad es el nirvana literario.Muchas gracias.
* azh, 17/10/07
Encuentro Internacional de Traductores
IFAL, 18 de octubre de 2007
Cuando Danielle Zaslavsky —que fue mi condiscípula en El Colegio de México— me invitó a participar en esta mesa hace poco más de una semana, acepté gustoso pensando que el tema era, como quien dice, pan comido. Estudié traducción, formé traductores y soy editor. Sin embargo, al abordar las preguntas que ella me envió y al tratar de ordenar mis ideas, me percaté de lo complejo que resultaría exponerlas en los escasos minutos disponibles en el marco de una mesa redonda. Así que decidí escribir unas líneas polémicas.
Acabo de regresar de las Islas Canarias, España, adonde fui invitado a participar en la feria del libro y en un encuentro de editores independientes para hablar sobre la profesionalización del editor y los problemas de la distribución del libro independiente, entre otras cosas. Este año ha sido muy activo. Meses atrás había participado con una ponencia en otro encuentro de editores independientes en Punta Umbría, España, y semanas después viajé a Corea, donde se realizó un encuentro internacional de editores y traductores de literatura coreana, en el que participamos ponentes de seis países: Corea, Alemania, Estados Unidos, Rusia, China y México. Esta actividad habla de la efervescencia que hay en todo el mundo en torno a la edición. Los encuentros se multiplican, y un común denominador es la interdisciplinariedad y la internacionalización. La industria está en una suerte de “crisis” por los grandes cambios que se han dado a lo largo de los últimos decenios y que se están viendo acelerados por los procesos de globalización y concentración de capitales.Estos cambios, que afectan toda la cadena de producción y a todos los protagonistas de la industria editorial, es decir, a las pequeñas, medianas y grandes editoriales, de igual manera han venido transformando la manera en que, quienes componen todo el engranaje editorial, se vinculan con su quehacer a la máquina de producción. Hay, sin lugar a dudas, diferencias entre la manera de abordar las cosas dependiendo del tipo de proyecto editorial de que se trate. Podríamos quizá distinguir seis prototipos básicos, con infinidad de puntos intermedios:1. El editor artista que produce libros objeto.2. El editor independiente que produce libros sin otra infraestructura que su vocación y entusiasmo.3. El editor independiente que logra crear una pequeña infraestructura de producción y administración.4. El editor independiente profesionalizado con una estructura productiva y administrativa más o menos bien armada.5. La editorial mediana que ya cuenta con una división del trabajo y una estructura profesional productiva y administrativa.6. La gran industria editorial trasnacionalizada, globalizada y voraz.Cada uno de estos proyectos aborda de manera distinta cada eslabón del proceso editorial, incluida la traducción.Aquí hago un paréntesis. Danielle Zaslavsky nos pidió que habláramos del quehacer editorial real del editor. Es decir, de cómo enfrenta, modifica la traducción literaria, cómo ejerce la crítica, con qué criterios, cómo evalúa la calidad, etc. No cómo DEBERÍA hacerlo, sino cómo lo HACE. El DEBERÍA es una categoría teórica. El HACE es una afirmación práctica. Partiendo de estas categorías, deberíamos hablar de cómo enfrenta cada uno la traducción literaria. Y eso nos llevaría horas. Cabría preguntarnos… ¿cuál categoría de editor abordamos?Yo llevo más de 22 años de producir libros, no sólo los propios, sino los de infinidad de entidades editoriales, desde académicas y paraestatales, hasta privadas. Mi experiencia en materia de producción editorial va desde la concepción misma de un proyecto editorial y su redacción, hasta la producción de libros partiendo de un original en lengua extranjera o en español, su revisión, cotejo y marcaje, tipografía y formación, hasta la impresión, encuadernación, distribución y venta.Déjenme explicarles, o más bien enunciarles, cuáles son los pasos por los que pasa una traducción en una editorial cuando bien le va:1. Dictamen de la obra partiendo del original o de la traducción.2. Traducción (cuando no la hay).3. Revisión técnica en libros científicos o técnicos, no literarios.4. Revisión y cotejo de la traducción desde el punto de vista de la corrección de estilo, ortográfica y gramatical.5. Ajuste del texto a las normas de la editorial.
LUEGO
6. Al realizar la formación tipográfica, el libro pasa por varias etapas, por ejemplo, revisión de lo que llamamos “galeras”, y luego primeras y segundas planas, hasta llegar a la contraprueba.7. En esas revisiones, el texto vuelve a sufrir cambios (en ocasiones de estilo o gramaticales) con objeto de ajustarlo a criterios normativos o estético-tipográficos. Para esto hay que tomar en cuenta un aspecto que muchos desconocen. El libro no pasa sólo por las manos de UN corrector, sino de varios. La norma establece que cada una de las idealmente cinco fases de revisión la realice una persona distinta. Quien hace la revisión inicial, el corrector de estilo propiamente, marca la pauta. Pero luego, los correctores de galeras, planas y contraprueba meten su cuchara. Lo ideal es que al final o durante el proceso, el traductor intervenga. Pero no siempre sucede o puede hacerse.En la primera etapa, en ocasiones el editor escoge al traductor, en otras, la traducción misma es sometida a su consideración. ¿Cómo escoge un editor al traductor? En el mejor de los casos, por sus capacidades, considerando la lengua de partida, el género y la complejidad, así como la disponibilidad y, ojo, la tarifa del traductor, precio que incide sustancialmente en el costo de producción del libro.Para esto hay que incorporar varios factores de juicio:El costo fijo de producción del libro se distribuye entre la cantidad de ejemplares producidos. Es decir, a menor cantidad de ejemplares, mayor incidencia del costo en el precio final al público. En mi editorial, gran parte de los libros los produzco con un tiraje inicial de sólo 100 ejemplares, modelo que muchas editoriales pequeñas, medianas y hasta grandes están reproduciendo. Si un libro tiene 100 cuartillas, y al traductor se le paga, malbaratándolo, 100 pesos por cuartilla, el costo de traducción sería de 10,000 pesos. Si a este costo añadimos el de revisión y marcaje, tipografía, formación, lecturas, impresión y encuadernación, le sumaríamos digamos unos $12,000 pesos. Es decir, tendríamos un costo de 22,000 pesos que dividiríamos entre 100 ejemplares. Nos arroja un precio de producción por ejemplar de $220 pesos. Pero resulta que el distribuidor o librero le exige al editor entre el 50 y el 65% de comisión. Tenemos que aplicar un factor multiplicador para salir con alguna ganancia. Un factor multiplicador bajo es igual al 3.5. Si lo aplicamos a $220 x 3.5 nos da un resultado de $770 pesos de precio al público que, descontando el 65% que exigen algunos distribuidores, le deja al editor un ingreso hipotético de $269.50, es decir, apenas $49.50 de ganancia. Pero… olvidamos al autor, a quien habría que pagar entre el 5 y el 10% de regalías. Es decir, sobre un precio al público de $770 pesos, el autor se lleva entre $38.50 y $77 pesos. ¿Y el editor? Prácticamente nada. Esto pone de manifiesto la imposibilidad de que un editor independiente pretenda publicar obras traducidas aunque le pague relativamente poco al traductor. Porque… ¿quién pagaría $770 pesos por un libro de, si acaso, 100 páginas? Así las cosas, la traducción queda casi exclusivamente en manos de las grandes editoriales que mayoritariamente publican best sellers o de editoriales medianas o pequeñas con subsidios.
Una crítica que hemos hecho las editoriales independientes a lo largo de los últimos años tiene que ver, precisamente, con esa bestsellerización del mercado. Sólo obras que tienen la posibilidad de vender grandes cantidades de ejemplares justifican su inmersión en la cadena de producción. Pero eso atenta contra la bibliodiversidad, es decir, contra el derecho que tenemos de acceder a la literatura universal.Lo anterior da pie a cuestionarnos cuál es la función del traductor literario en el medio editorial. Desde hace muchísimos años hemos pugnado porque al traductor se le dé trato de autor o coautor y porque se le pague decorosamente. Sin embargo, cada vez es más evidente una marcada tendencia a que el traductor literario, y ojo, recalco LITERARIO, realmente se vea como autor y que se conciba como tal.Y eso significará probablemente trabajar sin cobrar, aspirar a un pago menor de regalías y sentir la satisfacción de ver su obra o co-obra publicada.
Concluyo:Como editor, desearía contratar al mejor traductor en función de sus capacidades vinculadas al tipo de obra; modificaría la traducción sólo en mancuerna con el traductor por razones de norma editorial o de justificadas objeciones a las soluciones que haya encontrado, partiendo de que la traducción tiene múltiples posibilidades; criticaría la traducción basado en el conocimiento del original y de la calidad de lo que me ofrece; basaría mis criterios y la evaluación de la calidad en mis propios conocimientos o en los de mis colaboradores, ya sea internos o externos; tomaría en cuenta la complejidad de la obra, la riqueza literaria que nos arrojara el traductor para acercarnos al original desde una multiplicidad de aspectos léxicos, gramaticales, culturales, etc.; confiaría en el resultado de una mancuerna entre el traductor y el corrector de estilo, y buscaría como corrector de estilo a quien sabe dialogar y valorar los intrincados problemas de la traducción; buscaría a veces al traductor-escritor en función de sus habilidades, pero por lo general al traductor profesional, y confiaría, más que nada, en una labor conjunta, en una mancuerna, en un trabajo de equipo.
El traductor que cree ser la crema y nata y no está dispuesto a dialogar y escuchar a quienes están en un proceso de producción complejo, generalmente es un mal traductor, o un traductor soberbio con quien uno no querrá trabajar de nuevo. La traducción no es todo, como tampoco el proceso de creación. Autor, traductor y editor deberían ser parte de un triángulo amoroso para producir el coito perfecto: el libro.
Pero la realidad es otra. Y nos toca luchar por transformarla.La bestsellerización es el coitus interruptus. La bibliodiversidad es el nirvana literario.Muchas gracias.
* azh, 17/10/07
Perfil biográfico de Alejandro Zenker
Alejandro Zenker. México, D.F. (1955). Editor, traductor y fotógrafo. Director general de Solar, Servicios Editoriales. Entre muchos otros cargos y actividades fue fundador y presidente de la Asociación de Traductores Profesionales (ATP) y miembro del Consejo de la Federación Internacional de Traductores, en cuyo marco presidió el Comité para los Centros Regionales y fundó el Centro Regional de los Países del Norte de América (México, Estados Unidos y Canadá). Ocupó el cargo de Secretario general de la Sociedad Iberoamericana de Estudios sobre la Traducción (SIET). Fue director general del Instituto Superior de Intérpretes y Traductores, creador de las primeras licenciaturas en traducción e interpretación en México, y miembro de la mesa directiva de la Asociación Mexicana de Lingüística Aplicada (AMLA). Fue miembro fundador y secretario general de la Asociación de Editores Mexicanos Independientes (AEMI). Es director de la colección Minimalia y de la revista Quehacer Editorial. Promotor y director del Pabellón Tecnológico de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara en el 2001, ha sido entusiasta difusor del uso de las nuevas tecnologías en el medio editorial. Estudió pedagogía en Alemania y traducción en El Colegio de México. Fue becario en Alemania del DAAD. Ha publicado gran cantidad de artículos sobre traducción y quehacer editorial e impartido conferencias a nivel nacional e internacional. En el terreno artístico se ha desempeñado como fotógrafo y participado en numerosas exposiciones. Ha retratado a infinidad de escritores y artistas. Sus fotos ilustran ya más de veinte libros en los que alternan con el texto de reconocidos escritores.
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